Sábado siete de febrero (II)

Cuaderno de Murúa Niño

Llegamos a casa y miro el teléfono. Sin señales de mi amigo pérez. Me llevo bien con prácticamente todo el mundo, pero amigos tengo pocos. Mi amiga raquel, mi amigo eme, mi amigo pérez, mi amiga ana. Son pocos pero extraordinarios. La inteligencia de mi amigo pérez, por ejemplo, es de una singularidad inversamente proporcional a la de su apellido. Esconde sus zonas frágiles tras un muro de cinismo pintado de humor sardónico, incorrección política, y acidez. Tiene, en definitiva, un discurso ágil, hilarante y cabrón, como sólo un ser muy vulnerable y de inteligencia superior es capaz de articular. Si en lugar de ser auditor interno hubiera sido médico, quizás estaría hablando del Dr. House.

Mi amigo pérez no mira a los ojos cuando habla, posa su mirada en un indeterminado punto del horizonte, y habla sin detenerse y sin apartarla. Poco gesticulante y en tono monocorde, narra con maestría…

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